La misión principal de Jesús es ?sanar?. Tanto el cuerpo, como la mente, la afectividad, el alma. Nos sana porque nos da sentido y nos regala el amor misericordioso de Dios. Jesús quiere que descubramos la riqueza del camino comunitario que supone construir el Reino de Dios. Necesita de nosotros como obreros para la mies. Nos pide que sanemos de la peor de las enfermedades que es el pesimismo, el sentimiento de derrota, de impotencia. Sanar y revitalizar las relaciones entre la fe y la vida de cada día. No mantenernos en posiciones enrocadas en la nostalgia. Sino activar la lectura creyente de la realidad. En la que rastreamos las huellas del Espíritu Santo actuante y vitalizador. La misión no busca deslumbrar, o despertar la admiración, sino ayudar a revivir el carisma que todos tenemos desde nuestro bautismo. Un flaco favor hacemos si seguimos abriendo una brecha entre la Iglesia jerárquica, los curas, los obispos, los religiosos y el común de los bautizados quye en muchos casos se viven como meros espectadores de las decisiones de otros. La vivencia cotidiana de la fe en nuestra comunidad tiene que estar llena de vida, de amor, de ilusión, de responsabilidad compartida, de sinodalidad.
Estamos llamados a ser luz, pero una luz que ilumina, no que deslumbra. Sanar el sentimiento de derrota de muchos sacerdotes que aparecen resignados ante su falta de fruto. La misión nos lleva a buscar a los alejados, a los que no suelen venir. A los que también tenemos que sanar. Sanar de unos prejuicios y una imagen de la religión, de la fe, de Jesús de su Iglesia. La misión es siempre ir más allá de los espacios recorridos por la comunidad creyente. Id y haced discípulos es el mandato de Jesús, que nos lanza mar adentro, de los espacios eclesiales. Detectamos las ?enfermedades y dolencias? de las que habla el Evangelio. ?¿Qué enfermedades y dolencias nos envía el Señor a sanar?? Ofrezcamos experiencias que sanen y se graben a fuego, que dejen huella, que abarquen a la persona entera, que despierten interrogantes, que se queden grabadas en todos los sentidos. La enfermedad de la soledad de los mayores. La enfermedad de los adolescentes siempre pendientes de la aprobación y el éxito social. La enfermedad de los adictos al trabajo que se pasan el día trabajando y descuidan las relaciones humanas. Seamos una comunidad que acompañe y acoja a tantos que van perdidos como ovejas sin pastor. Vivamos la fe con la convicción de que el Evangelio no es una realidad externa a lo humano. Sino el reconocimiento de una presencia de Dios que ya está, en toda su historia, actuante en la vida y en los corazones de quien nos escucha.
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